Jean Baudrillard. The Pyres of Autumn.
Jean Baudrillard. Jean Baudrillard. "The Pyres of Autumn." in: New Left Review. Vol. 37, January-February 2006. (Spanish).
Translations:
Jean Baudrillard. "The Pyres of Autumn." in: Liberation. November 18, 2005. (French).
Jean Baudrillard. " The Riots of Autumn or The Other Who Will Not Be Mothered." in: IBJS. Vol. 3, No. 2, 2006. (English).
Jean Baudrillard. "The Pyres of Autumn." in: New Left Review. Vol. 37, January-February 2006. (English).
Jean Baudrillard. "The Pyres of Autumn." in: New Left Review. Vol. 37, January-February 2006. (Spanish).
Tuvieron que arder mil quinientos coches en una sola noche y luego, en una escala descendente, novecientos, quinientos, doscientos, hasta poder regresar de nuevo a la «norma» diaria y para que la gente se enterara de que todas las noches arden una media de noventa coches en esta apacible Fran- cia en la que vivimos. Una especie de llama eterna, como la depositada bajo el Arc de Triomphe, ardiendo en honor del Inmigrante Desconocido. Y ahora conocido, tras un lacerante proceso de revisión, que no ha eli- minado los efectos visuales.
La excepción francesa ha dejado de existir, y el «modelo francés» se desplo- ma ante nuestros ojos. Pero los franceses pueden tranquilizarse, ya que lo que se está desintegrando no sólo es su modelo, sino todo el modelo occi- dental; y no sólo a causa de un asalto externo –actos de terrorismo, africa- nos que toman por asalto las vallas fortificadas de Melilla–, sino también desde dentro. La primera conclusión que cabe extraer de los disturbios del otoño anula todas las piadosas homilías oficiales. Una sociedad que se está desintegrando carece de posibilidades de integración de sus inmigrantes, que a su vez son los productos y los analistas salvajes de su decadencia. La cruda realidad es que el resto también nos enfrentamos a una crisis de iden- tidad y de abandono: las fisuras de las banlieues no son más que síntomas de la disociación de una sociedad reñida consigo misma. Tal como ha obser- vado Hélé Béji1, la cuestión social de la inmigración no es otra cosa que una ilustración pura del exilio de los europeos dentro de su propia sociedad. Los ciudadanos de Europa ya no están integrados en los valores «europeos» –o «franceses»–, y lo único que pueden hacer es intentar endosárselos a otros.
La línea oficial habla de «integración». Ahora bien, ¿integración en qué? El lamentable espectáculo de la integración «fructífera» –en un modo de vida banalizado, tecnicizado, atocinado, cuidadosamente pertrechado para im- pedir todo cuestionamiento de sí mismo– es el de nosotros, los franceses. Hablar de «integración» en nombre de una idea indefinible de Francia no es más que señalar su ausencia.
En realidad, la sociedad francesa –y más en general, la europea– secreta día tras día, mediante su proceso de socialización, la discriminación implacable de la cual los inmigrantes son las víctimas señaladas, aunque no son las úni- cas. Éste es el cambio en el trato desigual de la «democracia». Dicha sociedad se enfrenta a una prueba más dura que cualquier amenaza exterior: la de su propia ausencia, la de su pérdida de realidad. Pronto será definida úni- camente por los cuerpos extranjeros que rondan su periferia: aquellos que ha expulsado, pero que ahora están arrojándola de sí misma. Su violenta interpelación pone de manifiesto lo que se ha deshecho, ofreciendo así la posibilidad de tomar conciencia de ello. Si la sociedad francesa –y euro- pea– lograra «integrarles», dejaría de existir ante sus propios ojos.
Sin embargo, la discriminación francesa o europea no es sino el micro- modelo de una cesura mundial que, bajo el signo irónico de la globaliza- ción, está enfrentando cara a cara a dos universos irreconciliables. El mismo análisis puede ser emprendido a escala global. El terrorismo internacional no es más que un síntoma de la personalidad escindida de un poder mun- dial reñido consigo mismo. Y si se pretende encontrar una solución, la misma desilusión se aplica a todos los niveles, desde las banlieues hasta la Cas del islam: la fantasía de que elevando al resto del mundo a los nive- les de vida occidentales se solucionarían los problemas. La fractura es mucho más profunda. Aunque las potencias occidentales reunidas real- mente quisieran repararla –y hay todo tipo de razones para dudar de ello– no podrían hacerlo. Los solos mecanismos de su propia supervivencia y superioridad lo impedirían; mecanismos que, gracias a la charla piadosa acerca de los valores universales, tan sólo sirven para reforzar el poder occidental y con ello fomentar la amenaza de una coalición de fuerzas que sueñan con destruirlo.
Sin embargo, Francia, o Europa, ya no lleva la iniciativa. Ya no controla los acontecimientos, como hiciera durante siglos, sino que está a merced de una sucesión de contragolpes imprevisibles. Aquellos que deploran la bancarrota intelectual de Occidente deberían recordar que «Dios se ríe de aquellos que denuncian los males que ellos mismos han provocado». De esta suerte, aunque la explosión de las banlieues está directamente liga- da a la situación mundial, a su vez –un hecho que, extrañamente, apenas se discute– está conectada con otro episodio reciente, solícitamente cega- do y deformado en los mismos términos: el «no» en el referéndum cons- titucional europeo. Aquellos que votaron «no» sin saber realmente por qué –tal vez sencillamente porque no querían entrar en el juego en el que tan- tas veces se habían dejado atrapar; porque se negaban además a verse in- tegrados en el maravilloso «sí» de una Europa «llave en mano»– ignoraban que su «no» fue la voz de aquellos que se habían visto abandonados por el sistema de representación: exiliados a su vez, como los propios migran- tes, del proceso de socialización. Encontramos una misma temeridad, una misma irresponsabilidad en el acto de dar al traste con la UE y en la que- ma de sus propios barrios y de sus propias escuelas por parte de los jóve- nes inmigrantes; como los negros en Watts y Detroit en la década de 1960. Son muchos los que viven, cultural y políticamente, como inmigrantes en un país que ya no puede ofrecerles una definición de pertenencia nacio- nal. Son desafiliados, en palabras de Robert Castel2.
Sin embargo, de la desafiliación al desafíoa no hay más que un paso. Todos los excluidos, los desafiliados, sean o no de las banlieues, sean in- migrantes o «autóctonos», en un momento u otro hacen de su desafiliación un desafío y pasan a la ofensiva. Es su único medio para dejar de ser hu- millados, descartados u objeto de ensayos disciplinarios. A raíz de los in- cendios de noviembre, la sociología política al uso habló de integración, de empleo, de seguridad. No estoy seguro de que los alborotadores quie- ran ser integrados en tales términos. Tal vez consideren el modo de vida francés con la misma condescendencia o indiferencia con la que éste percibe el suyo. Tal vez prefieran ver cómo arden los coches a soñar que un día los conducirán. Tal vez su reacción a una atención demasiado pre- meditada sería de forma instintiva la misma que tuvieron frente a la exclu- sión y la represión.
La superioridad de la cultura occidental tan sólo se sustenta en el deseo del resto del mundo de sumarse a ella. Cuando aparece el más mínimo signo de rechazo, la más leve mengua de ese deseo, Occidente pierde su fuerza de atracción ante sus propios ojos. Y sucede así que lo mejor que puede ofrecer –automóviles, escuelas, centros comerciales– hoy es incen- diado y saqueado. Hasta las écoles maternelles: precisamente los instru- mentos mediante los cuales los incendiarios de coches habrían de ser integrados y mimados. «Fóllate a tu madre» podría ser su lema organizati- vo. Y cuantos más intentos hay de «mimarles», más querrán hacerlo. Por supuesto, nada impedirá que nuestros esclarecidos políticos e intelectua- les consideren los disturbios de otoño como incidentes menores en el ca- mino hacia una reconciliación democrática de todas las culturas. Por el contrario, todo indica que se trata de fases sucesivas de una revuelta cuyo final aún no se vislumbra.
[2].[Sociólogo, autor de L’insécurité sociale (2003).]
[a].En castellano en el original [N. del T.]