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Jacques Derrida. A Maurice Blanchot.

Jacques Derrida. "A Maurice Blanchot." in: Derrida en castenallo. (Spanish).

Translations:

Derrida, Jaques. "Un temoin de toujours." in: Universidad de Niza. December 27, 2003. (French).
Derrida, Jacques. "A Maurice Blanchot." in: Derrida en castenallo. (Spanish).

Desde hace algunos días y algunas noches, me pregunto en vano de dónde sacaré fuerzas para hablar aquí, ahora.

Me gustaría pensar, y espero poder seguir pensándolo todavía, que esas fuerzas, que de otro modo no tendría, me vienen del propio Maurice Blanchot.

¿Y cómo no estremecerse en el momento de pronunciar aquí mismo, en este mismo instante, este nombre, Maurice Blanchot?

Sólo nos queda pensar interminablemente, prestar oídos para escuchar aquello que continúa resonando, y no dejará de hacerlo, a través de su nombre, en su nombre, no me atrevo a decir en tu nombre”, pues me acuerdo todavía de lo que Maurice Blanchot pensaba y había declarado públicamente sobre esa excepción absoluta, ese privilegio insigne que la amistad confiere, a saber, el de un tuteo del que él decía que era la suerte única de su amistad con Emmanuel Lévinas.

Emmanuel Lévinas era el gran amigo que Maurice Blanchot, como me confesó en una ocasión, lamentó tanto ver morir antes que él. Quiero honrar aquí su memoria y asociarla en este momento de dolor a las de Georges Bataille, René Char, Robert Antelme, Louis-René des Forêts, Roger Laporte.

Cómo no estremecerse al pronunciar aquí y ahora este nombre, este nombre más solo que nunca, Maurice Blanchot, cómo no estremecerse cuando, invitado a hacerlo, debo hacerlo en nombre de todos aquellos y de todas aquellas, que aquí mismo o en otros lugares, aman, admiran, leen, escuchan, se han acercado a aquel a quien tantos en el mundo entero, desde hace dos o tres generaciones, consideramos como uno de los mayores pensadores y escritores de este tiempo, y no solamente de este país?

Y no solamente en nuestro idioma, pues la traducción de su obra se extiende continuamente y continuará irradiando con su secreta luz en todos los idiomas del mundo.

Maurice Blanchot, desde que tengo memoria, a lo largo de mi vida de adulto, desde que empecé a leerle (hace más de cincuenta años). y sobre todo desde que le conocí, en mayo de 1968, y no dejó de honrarme con su confianza y su amistad, me había acostumbrado a oír ese nombre de un modo distinto a como se oye el nombre de alguien, un tercero, el autor incomparable que citamos y en quien nos inspiramos; lo oía de un modo distinto a como oímos el ilustre nombre de un hombre, un hombre del que admiro tanto la fuerza de exposición, en el pensamiento y en la vida, como la fuerza de retirarse, el pudor ejemplar, una discreción única en estos tiempos. que le mantuvo siempre lejos. deliberadamente, por principio ético y político, de todos los rumores y de todas las escenas. de todas las tentaciones y de todas las seducciones de la cultura, de todo lo que nos urge y precipita hacia la inmediatez de los medios de comunicación, de la prensa, de la fotografía y de las pantallas. Uno se pregunta si, después de haber abusado en ocasiones de su reserva y de su invisibilidad, la demagogia de algunos no les lanzará mañana, precisamente demasiado tarde y empujados por los remordimientos, sobre fetiches negociables, confirmando de este modo la misma negación o el mismo desconocimiento.

Al hablar del alejamiento de Blanchot, desde hace varios decenios, permitidme que dé las gracias aquí a Monique Antelme. Quiero expresarle públicamente, en esta ocasión. mi gratitud y la de muchos otros. Este reconocimiento es para una amiga cuya fidelidad, entre el retiro de Blanchot y el mundo, entre él y nosotros, fue a la vez la de una aliada. en realidad la alianza misma, la amable, generosa y leal deferencia.

Acabo de señalar la fecha de un primer encuentro, en mayo de 1968. Sin pretender volver a recordar la causa o la ocasión de este encuentro personal, que para nosotros concernía ante todo a un problema de naturaleza ética o política, quiero hacer notar solamente que en aquel momento, en mayo de 1968. Blanchot estaba con todo su ser, cuerpo y alma, en la calle, totalmente comprometido, como lo estuvo siempre, con lo que se anunciaba como una revolución. Porque de todos sus grandes compromisos, sin olvidar los de antes de la guerra, y los de la ocupación, los de la guerra de Argelia y del “Manifiesto de los 121”, todos ellos inolvidables también, y los de Mayo del 68, de todas estas experiencias políticas nadie supo mejor que él, con más rigor. lucidez y responsabilidad, extraer todas sus enseñanzas. Nadie supo mejor que él, ni tan pronto, asumir las interpretaciones y las reinterpretaciones, incluso las reconversiones más difíciles.

Este nombre, Maurice Blanchot, me había acostumbrado a pronunciarlo, no ya como el de una tercera persona, el de un hombre extraño y secreto del que se habla en su ausencia, y que uno descifra, transmite, invoca, sino como el nombre de alguien vivo a quien en este momento hablamos, a quien uno se dirije, un hombre que fue, más allá de la nominación, la apelación siempre destinada a alguien cuya atención, vigilancia, deseo de responder, exigencia de responsabilidad, asumimos tantos de nosotros como las más rigurosas de estos tiempos. Ese nombre se había convertido a la vez en el nombre familiar y extraño, tan extraño, tan extranjero como el de alguien a quien llamamos o que nos llama desde fuera. inaccesible, infinitamente lejos de sí, pero un nombre también íntimo y antiguo, un nombre sin edad, el de un testigo de siempre, de un testigo sin complacencias, de un testigo que vela en nuestro interior, del testigo más cercano, pero también del amigo que no me acompaña, preocupado por dejaros con vuestra soledad. siempre atento no obstante a permanecer cerca de vosotros, atento a todos los instantes, a todos los pensamientos, a todas las preguntas también, a las decisiones y a las indecisiones. El nombre de un rostro que la amabilidad de la sonrisa no abandonó ni un segundo durante todos nuestros encuentros. Los silencios, la respiración necesaria de la elipsis y de la discreción, en el transcurso de aquellas conversaciones, aquél fue también, por lo que puedo recordar, un tiempo afortunado, sin la más mínima interrupción, el tiempo ininterrumpido de una sonrisa, de una espera confiada y benevolente.

Una infinita tristeza me ordenaría ahora callarme y al mismo tiempo dejar hablar a mi corazón, para responderle una vez más, o para interrogarle como si esperara todavía una respuesta, para hablarle una vez más a él, ante él y no solamente de él, como si estar ante él para dirigirme a él significara todavía algo para él. Por desgracia esta tristeza sin fondo me priva cruelmente tanto de la libertad como de la posibilidad de llamarle, como lo hacía todavía hace poco por teléfono. Oía entonces el sofoco de su voz claramente debilitada, pero haciendo esfuerzos por resultar tranquilizadora evitando cualquier queja. Nada puede privarme del derecho a llamarle, allí donde, perdida toda esperanza, no puedo sin embargo renunciar a hablarle –dentro de mí.

Y sin embargo. Maurice Blanchot en vida. Maurice Blanchot mientras vivía, aquellos que lo han leído y escuchado lo saben perfectamente, fue alguien que no dejó nunca de pensar en la muerte, incluso en su propia muerte, en el instante de la muerte, lo que tituló El instante de mi muerte. Pero siempre como lo imposible. Y cuando se obstinaba en hablar de la muerte imposible (hasta el punto de que, como tantos de sus amigos, para luchar contra los peores presagios de lo ineluctable, me animaba a veces, haciéndome el ingenuo, esperando que fuera inmortal, o en cualquier caso menos expuesto a morir, por decirlo de algún modo, que todos nosotros: mientras que un día, al volver del hospital después de una caída de la que acababa de reponerse, me escribió en un tono inhabitual: “Ya ves, estoy hecho de buena pasta”), sí. cuando él se dedicaba a considerar la muerte como imposible, no entendía con eso una victoria exultante de la vida sobre la muerte, sino más bien la aquiescencia con aquello que viene a poner límites a lo posible, y por tanto a todo poder, allí donde, La escritura del desastre lo precisa, aquel que quisiera todavía dominar ese no-poder. “convertirse en un maestro de la no-maestría”, debe entonces enfrentarse, “como si fuera otro, a la muerte como aquello que no sucede o como aquello que retorna (desmintiendo, de una manera demente, la dialéctica, y conduciéndola a buen puerto) como la imposibilidad de toda posibilidad”. Decir de la muerte que no tiene lugar, no es por tanto ni una afirmación del triunfo de la vida, ni una negación, ni un arranque de rebeldía o de impaciencia, más bien la experiencia de lo neutro que él define de este modo en Le Pas au-delà:

 

La amable prohibición de morir allí donde de umbral en umbral, ojo sin mirada, el silencio nos transporta con la proximidad de lo lejano. Palabra por pronunciar todavía más allá de vivos y muertos, testimoniando con la ausencia de testimonio (p. 107).

 

Porque más allá de todo lo que una lectura precipitada nos haría creer, más allá de lo que su constante atención a la muerte, a ese acontecimiento sin acontecimiento del morir nos puede hacer pensar, Maurice Blanchot sólo amó, y sólo afirmó, la vida y el vivir, y la luz de todo lo que se manifestaba. Tenemos mil pruebas de ello tanto en sus textos como en la manera en que ha aceptado la vida, en que ha preferido la vida, hasta el final. Me atrevo a decir que con una especial alegría, la alegría de la afirmación y del “sí”, una alegría distinta a la de la gaya ciencia, menos cruel sin duda, pero una alegría, la alegría misma de la felicidad que cualquier oído sensible no podía dejar de percibir. En todos los escritos que dedicó a la muerte, es decir, en realidad en todos sus escritos, ya se tratara de discursos de tipo filosófico o filosófico-político que han zarandeado todo el campo del pensamiento, de su historia, de sus obras canónicas y de sus progresos más inéditos, ya se tratara de sus exégesis literarias que han inventado, a propósito de tantos corpus franceses y extranjeros, otras formas de leer y de escribir, ya se tratara de sus relatos, novelas, ficciones (que apenas se están empezando a leer ahora y cuyo futuro está casi intacto), ya se tratara de todas las obras que, como L’attente l’oubli o L’Écriture du désastre, mezclan de una forma indisociable, y de una manera todavía inédita, la meditación filosófica y la ficción poética, pues bien, en todas partes, lo mórbido y lo letal no tienen nada que ver con el timbre o la tonalidad musical de esta palabra. Contrariamente a lo que se dice a menudo y a la ligera. Ninguna complacencia en él, numerosas citas podrían confirmarlo, con la tentación suicida o con cualquier otro tipo de negatividad. Si leemos Le Denier Homme, podemos oír a aquel que, antes de pronunciar “había llegado a convencerme de que primero le había conocido muerto y después moribundo” ya había dicho, cito, la “felicidad de decir sí, de afirmar continuamente” (p. 12).

Me gustaría, para cederle definitivamente la palabra en el momento el que para nosotros todo se reduce a la experiencia de las cenizas, leer todavía algunas líneas de L'Écriture du désastre, ese inmenso libro obsesionado por la innombrable incineración que fue el holocausto. cuyo acontecimiento como se sabe, como si fuera otro nombre del desastre absoluto, se convirtió pronto en el centro privilegiado de gravedad de su obra. Como lo será indirectamente en todas partes, el holocausto fue recordado en el principio del libro. Que designa la “quemadura del holocausto, el aniquilamiento de mediodía”, y “el olvido petrificado (memoria de lo inmemorial) que constituye el desastre”, incluso si ese desastre, dice además. “lo conociéramos tal vez con otros nombres...” (p. 15).

¿Cómo y por qué el dolor y el duelo nos corta la respiración, por qué nos sentimos desterrados, sin aliento, como si estuviéramos bajo el impacto de un acontecimiento inaudito, en el momento en que nos abandona alguien que sin embargo no ha dejado nunca, en sus obras y en sus cartas (como pueden demostrar, casi sin excepción, todas las que he recibido de él desde hace decenios), de hablar de la inminencia de su muerte, pero también de que la muerte era imposible?, ¿y que de todas maneras, si no llegaba nunca, era porque ya había llegado? No podíamos estar más preparados para su muerte, preparados por él mismo, y al mismo tiempo más desamparados, más mortificados, más tristes por adelantado y más incapaces de mitigar lo imprevisible. La muerte siempre inminente, la muerte imposible y la muerte ya pasada, tres certidumbres aparentemente incompatibles pero cuya implacable verdad nos ofrece el don de la primera provocación a pensar. Aquello de que levanta acta y sella L'Écriture du désastre:

 

Si es cierto que. para cierto Freud, “nuestro inconsciente no sabría representarse nuestra propia mortalidad”, esto significa a lo sumo que morir es irrepresentable, no solamente porque morir no tiene presente, sino porque no tiene lugar, ni siquiera en el tiempo, en la temporalidad del tiempo (pp. 181-182).

 

Luego, hablando de una particular “paciencia” que, dice él, “sólo sufrimos ‘en nosotros’ como la muerte de otro o la muerte siempre otra, con la que no nos relacionamos pero de la que. más acá del infortunio, nos sentimos responsables”, concluye:

 

No hay nada que hacer con la muerte que siempre ha tenido lugar: acción de la inacción, desvinculada de un pasado (o de un futuro) sin presente. De este modo el desastre estaria mas allá de lo que entendemos por muerte por abismo, en cualquier caso por muerte, puesto que no hay más lugar que para ella, desapareciendo sin morir (o lo contario).

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“...o lo contrario”: desaparecer sin morir o morir sin desaparecer, la alternativa no es fácil. Se desdobla ella misma, como precisamente hoy podemos ver. De aquel que nos la ha dado a pensar, podemos decir hoy que muere sin desaparecer pero también que desaparece sin morir. Su muerte puede seguir siendo inimaginable, a pesar de que ya ha tenido lugar. Entre la ficción literaria y el irrecusable testimonio, L’Instant de ma mort nos proporciona el relato y su inconcebible temporalidad. Aquel que entonces, en cierto modo, murió ya, y más de una vez, sopesaba y examinaba todavía lo imponderable. Cito:

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[...] el sentimiento de liviandez que no sabría cómo traducir: liberado de la vida?, ¿el infinito abriéndose? Ni felicidad ni desdicha. Ni la ausencia de temor y tal vez ya un paso mas allá. Sé, imagino, que este sentimiento inanalizable cambió lo que le quedaba de existencia. Como si la muerte fuera de el no pudiera ya más que enfrentarse a la muerte dentro de él. “Estoy vivo. No, estás muerto...

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“Estoy vivo. No. estás muerto”, estas dos voces se disputan o se reparten la palabra dentro de nosotros. E inversamente: Estoy muerto. No. estás vivo.

La carta que acompañó el envío de L’Instant de ma mort, el 20 de julio de 1994, me decía, desde las primeras palabras, como para señalar la vuelta o la repetición de los aniversarios: “20 de julio, hace cincuenta años conocí la felicidad de ser casi fusilado. Hace veinticinco años pisábamos por primera vez la luna”.

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Entre las advertencias más dignas que debo fingir por un momento olvidar o traicionar están aquellas, memorables, de la amistad misma, quiero decir, aquellas que dan paso, en cursiva, a la conclusión titulada “La amistad” en el libro del mismo título L'Amitié, reunido y dedicado, como se sabe, a la memoria y a la muerte de Georges Bataille:

 

¿Cómo aceptar hablar de este amigo? Ni para hacer un elogio, ni en interés de cualquier verdad. Los rasgos de su carácter. las formas de su existencia. los episodios de su vida, incluso coincidiendo con la investigación de la que se sintió responsable hasta la irresponsabilidad, no pertenecen a nadie. No hay ningún testigo [...] Ya sé que están los libros. Los libros permanecesn provisionalmente. incluso cuando su lectura nos abre las puertas a la necesidad de esta desaparición a la que ellos se retiran. Los libros mismos remiten a una existencia (pp. 326-327).

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Y en cuanto a “lo que introduce en ella de imprevisible la extrañeza del final Blanchot insiste todavía:

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Y ese movimiento imprevisible y siempre oculto en su infinita inminencia —el de morir tal vez— no proviene de que el termino no pueda darse por adelantado, sino de que no constituye nunca un acontecimiento que tiene lugar, incluso cuando tiene lugar, [un événement qui arrive, même quand il survient] nunca una realidad capaz de asirse: inasequible y manteniendo totalmente inasequible a aquel a quien está destinado (p. 327).

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Estas palabras. retomémoslas. aprendamos esta distinción entre sobrevenir  [survenir] y llegar [arriver]. Digamos que la muerte de Blanchot ha sobrevenido [survenue] innegablemente, pero que no ha llegado, que no llega. Que no llegará nunca.[elle n’est pas arrivée, elle n’arrive pas. Elle n’arrivera pas.]

Incluso si Blanchot nos ha puesto en guardia contra todas las leyes del género y de la circunstancia, contra el elogio del amigo y contra el género biográfico o bibliográfico de la oración, incluso si, de cualquier manera, ningún discurso, aunque fuera interminable, podría compararse aquí con la dimensión de semejante deber, permítanme dedicar algunas palabras a aquellos y a aquellas que están aquí, sus lectores y lectoras, sin duda, pero también sus familiares, vecinos y amigos que, en Mesnil-Saint-Denis, colmaron a Maurice Blanchot con sus atenciones y su afecto hasta el final (pienso en particular en Cidalia Da Silva Fernandes, a quien doy las gracias); estas pocas palabras, por tanto. para convencerles una vez más de nuestro agradecimiento y de lo siguiente: aquel a quien acompañamos hoy aquí nos lega una obra que no acabaremos nunca de agradecer lo bastante, tanto en Francia como en el resto del mundo. A través de los fluidos de una escritura sobria y fulgurante, que interroga incesantemente y pone en duda su propia posibilidad, ha influido en todos los dominios. en el de la literatura y la filosofía, en los que no se ha producido nada que él no haya conocido e interpretado de una manera inédita, en el del psicoanálisis, en el de la teoría del lenguaje. en el de la historia y la política. Nada de aquello que habrá preocupado al siglo pasado y ya a éste, sus inventos y sus cataclismos. sus mutaciones, sus revoluciones y sus monstruosidades, nada de todo eso escapó a la alta tensión de su pensamiento y de sus textos. A todo eso respondería como si estuviera afrontando implacables exhortaciones. Lo hizo sin el respaldo de ninguna institución, ni la de la universidad y ni siquiera la de los grupos o asociaciones que constituyen en ocasiones determinados poderes, a veces incluso en nombre o en representación de la literatura de la edición y de la prensa. La irradiación a veces invisible de su obra en todo lo que ha cambiado y transformado nuestras maneras de pensar, de escribir o de actuar, no creo que pueda definirse con palabras tales como “influencia” o “discípulos”. Blanchot no ha hecho escuela, dijo por lo demás lo que tenía que decir sobre los discursos y disciplinas pedagógicas. Blanchot no ha tenido eso que se llama influencia sobre discípulos. En su caso se trata de algo muy distinto. La herencia que nos deja nos promete una huella más íntima y más grave: inapropiable. Nos dejará solos. nos deja más solos que nunca con responsabilidades infinitas. Algunas nos comprometen ya con el futuro de su obra, de su pensamiento, incluso de su firma. La promesa que le hice a este respecto por mi parte seguirá siendo indefectible, y estoy seguro de que muchos aquí compartirán esta fidelidad.

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Con regularidad, una o dos veces al año, le telefoneaba y le enviaba una tarjeta postal del pueblo de Eze. Hace dos años lo hice junto con Jean-Luc-Nancy, nuestro amigo común que se encuentra hoy aquí, junto a mí, y sobre quien Blanchot dirigió a menudo su pensamiento, particularmente en La Communauté inavouable. Cada vez que le enviaba una vieja tarjeta postal de antes de la guerra, después de haberla elegido en la tienda de algún coleccionista que hay en las callejuelas de ese viejo pueblo de Eze, en el que Blanchot, hace tiempo, había residido y sin duda se había cruzado alguna vez con el fantasma de Nietzsche, de quien un camino lleva todavía su nombre, cada vez por tanto, a medida que los años pasaban, no quería preocuparme y me decía a mí mismo, con el mismo fervor ritual, afectuoso y un poco supersticioso: todavía le enviaré otras muchas tarjetas postales.

Hoy sé que sin volver a echar ya esos mensajes al correo, continuaré escribiéndole y llamándole, dentro de mi corazón o de mi alma, como se suele decir, mientras viva.